Y me preguntas qué es amor, con
las manos manchadas de tinta y una lista borrosa de nombres sobre la mesa.
Dejas todo lo que tenías en tus párpados caer y reposas las huellas de tus
dedos sobre mi piel. Con tu mirada perdida en las musarañas.
Me dices si fue quizás lo que
sentiste la primera vez que te enamoraste, con aquél chico con el que hablabas
a diario y un día sin más dejaste de ver. Era gay, ¿lo recuerdas? Te
obsesionaste con él.
Entonces te pierdes en recuerdos
del pasado y rescatas al segundo de tu vida, aquél que te hizo sufrir durante
demasiadas noches y en vano. Aquél que te destrozó solamente un poco por
dentro, y que te demostró que en éste mundo quien no se aferra a un caso
perdido es porque no quiere. Me dices que no, que lo olvide, que no sería él.
Recorres anhelos tan pasajeros
como reales, con chicos en su gran mayoría que no eran de tu conveniencia.
Chicos malos, pedantes y parguelas por excelencia.
Aterrizas en aquél que llamabas
tu mejor amigo. Solamente era deseo. Así que no.
Te vas quedando sin opciones, y
por fin llega el que fue el más duradero de todos los que hubo en tu vida.
Llegas al que te hizo creer en el amor para toda la vida, en un despertar que
podía repetirse infinitas veces en un mismo colchón bañándose por los primeros
rayos de Sol de la mañana, desayunando besos y despedidas que recorrieran
centímetro a centímetro vuestras bahías. Al Sol de Alicante, que calienta pero
no tuesta. La arena es dulce y suave como la vida, y te sabe cómo nunca antes a
felicidad. Llegas él y me dices: <<ya está, ya he encontrado lo que es el
amor de verdad>>.
Te freno y refresco esa mente
olvidadiza con unos cuantos nombres, que habrías preferido obviar. Ellos te
llevan a pensar en el chico de cuero oscuro que te enamoró por su historia, y
por su forma de ver el mundo. En el chico que recitaba contigo poesías a altas
horas de madrugada. En el chico que junto a la lluvia y solamente contigo se
desnudaba. El que compartía contigo instantes de momentánea felicidad abrazados
en la cama, perdiendo las yemas de tus dedos entre su barba. En esa chica a la
que deseas cuidar. Y en el último hombre que te ha hecho llorar.
Tus dedos se vuelven a enredar en
las palmas de tus manos y ahora parece que te has desprendido del miedo a
mirar. Diriges tus ojos a mí, fijamente. Y me preguntas si el amor es múltiple,
es plural. Me preguntas si el amor no es por casualidad un despertar a veces en
casa de una persona y a veces en casa de otra, y otras en la tuya. Si el amor
no tiene suficiente luz como para bañar con sus delicados rayos solares a más
de un lugar. Si puede ser que el beso que diste en la estación, cada palabra
que dejaste caer en tus textos escritos en lágrimas o los anhelos que escondes
tras tu mirada compongan ya de por sí solos el gran concepto que es el amor, tan
universal. Me preguntas, con voz tímida y entrecortada, y ahora con una
expresión mucho más seria que antes, si no será que amor eres tú, y todo lo que
se desprende de ti. Y nada más.
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