Tuvo que ser viernes, llegar la noche y calar la lluvia no solamente dentro sino también fuera para darme cuenta de que todo el tiempo que creí pasar contigo, realmente no había estado acompañada. Me di cuenta de que nunca habías estado realmente allí. En esencia, vendías humo de un color rosa y azul por partes iguales, y en apariencia tu cuerpo se desplazaba con la inercia del que ha comenzado algo y lo quiere continuar, pero que se rinde mucho antes de empezar a caminar. ¿Y si el autoengaño es nocivo, por qué es el ser honestos con nosotros mismos lo que nos hace daño? Decir a nuestras ganas de sentirnos especiales siendo amados por alguien que fueron alimentadas durante meses a base de quimeras y dependencias truncadas, ahora comenzándose a vislumbrar los efectos de su malnutrición en el alma. Reconocer que no estamos menos solas ni tristes ni desgraciadas que hace unas semanas o unos meses. Que él estuvo sin estar en él. Que yo, afortunadamente, y todo que de forma algo forzosa, conseguí salir de allí. Que es viernes, llueve y hoy salimos pronto. Que podría probar a pensar como un perro, como solía decir Héctor. Y jugar en el instante. Y cambiar a cada oportunidad que se me ofrezca mi forma de salir de las cosas, disfrutando más de lo que me ofrece la vida, aprendiendo un poquito más a ser mayor. Y a vivir sin esperar nada del mundo más que la oportunidad de aprender del ayer, disfrutar el hoy y de vivir el mañana.
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