El pesar nunca ha sido lo mío. A veces peso de menos, a veces de más. A veces pierdo la cuenta de los gramos cuando me paso del quilo, y a veces desde el principio se me olvida contar. Peso demasiado cuando intento igualar, y me sobrepaso al tratar de aligerar. El peso de las cosas a veces me hace llorar. La forma de pesar de las personas, me llega a exaltar. Algunos pesan de más, y otros de menos. Algunos parecen ocupar más volumen de lo que pesan, y otros sin medidas prefieren pasar. El peso de las verdades debería bastar, pero la triste realidad es que el de las mentiras acostumbra a ganar. Y después de tanto peso y tanta báscula te rindes, y te das cuenta de que nada es igual.
De que no puedes medir tus sentimientos por las personas, y que está mal socialmente comprendido el querer más de una unidad.
De que no puedes medir tus palabras, sin limitar tu forma de sentir y de pensar.
De que no puedes medir las acciones que emprenden en tu contra, pues partes del prisma de tu subjetividad.
De que no puedes medir el peso de las verdades, ni identificar las mentiras al azar.
De que únicamente puedes fiarte de tus instintos, de lo que dicten tus emociones, de tu forma de andar. De lo rápido que fluyan tus pasos en una compañía en particular. Del sabor de los besos cada vez sin igual. Del brillo de las miradas, el calor de las manos y las muecas al hablar. Ningún barómetro será capaz nunca de estimar el peso que tienen unos sentimientos en un corazón en particular. Para ello te debe bastar todo lo anteriormente mencionado y tu criterio sagaz.
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