Te arrastras. Reúnes los vocablos
que se desprenden de tus fauces con una prisa caracterizadamente primaria. Con
alegría y con hervor. Con lágrimas a punto de caramelo y con la locura propia
del desamor. Arrastras todas tus letras, tus vocales y tus rimas, las llevas
lenta y continuadamente por el camino de tierra, por el fango más sucio, por la
hierba más verde, por los saltos de piedra. Tu sentir no responde, tu mirada se
asombra ante las nubes que parecen perturbar tu conciencia. Tus labios musitan
palabras que no logras entender. Tu frente grita muy alto, muy fuerte, palabras
que ya no puedes contener. Será que si que querías algo. Será que buscabas
amor, con orgullo tras cada abrazo y pesadez en cada uno de tus párpados. Será
que cuando le cerraste la puerta te quedaste adentro sin querer. Que la llave
que lanzaste por la ventana era el arma de doble filo con el que tu vida debías
labrar. Será que tus pensamientos te engañaron, nublaron tu conciencia y te
condenaron a gritar con la mirada para siempre más.
Gritas rabia, gritas impotencia.
Gritas egocentrismo, gritas carencias.
Gritas tu ego, tu fórmula mágica
para empeorar, tus dichas más características, tu don que contrariamente
cualquier día de éstos te va a condenar.
Gritas que no quieres, que lo que
reclamas es algo normal. Algo libre, algo fuerte, algo normal. Algo corpóreo,
algo físico, algo moral. Algo extraplanetario, algo importante, algo fenomenal.
Algo tuyo, algo suyo, algo nuestro, algo especial. Algo ni tuyo ni mío, algo de
los dos. Algo no solamente mío. Algo que no sea solamente yo. Ni tú ni yo.
Gritas que buscas algo, algo mágico e incorpóreo, algo volátil y fugaz. Algo
feroz y ardiente, algo llamativo y brillante como lo que más. Y gritas tus
ganas alzando tu mente al aire, liberando a tus entrañas del peso de su
conciencia, a tu frente del calor de su refugio, a tus sesos del frío de la
mediocridad. Tus pensamientos ahora danzan con la mentira y con la verdad, con
lo permanente y lo fugaz, con la idea y la materia, con el tiempo, la persona y
el lugar.
Tus ojos, todavía abiertos,
viajan hacia sus adentros, pues prefieren no mirar.
Tu lengua inquieta recorre las
huellas de la piel del jaguar. Tus manos rocían cada una de sus raíces con la
misma esperanza del ignorante y la inquietud tan propia del debutante. Tus pies
se pierden entre sus ramas de belleza incorpórea. Tus senos viajan por entre
sus hojas marchitadas, devolviendo la vida a cada lúpulo, a cada fruto, a cada
rosa. Tus labios dibujan la sonrisa de la victoria en su faz.
Tus ojos, todavía abiertos,
niegan aceptar dicha realidad. Se pierden muy en lo hondo, danzan, se mueven
dando tumbos, y se esconden en lo más sombrío del lugar. Hechos un ovillo en tu
estómago descansan tus remordimientos y tu fe en la humanidad. Tu sonrisa
sincera y que no espera nada a cambio y tu auténtica vitalidad.
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